Es bastante frecuente que los profesionales sanitarios destaquen la importancia de realizar actividad física a sus pacientes. “Menos sillón y más caminar”, esta es una frase que podría escucharse en muchas consultas médicas como recomendación. Pero, más allá de ser un tópico, ¿cuáles son las verdaderas razones para recomendar la actividad física? ¿valen las mismas pautas para cualquier persona?

Al valorar los efectos positivos del ejercicio sobre la salud, cabe destacar:

1. Probablemente el efecto beneficioso más conocido es el cardiovascular. Existen gran cantidad de datos en los estudios científicos que confirman que la actividad física regular reduce el riesgo de mortalidad de origen cardiaco. Pero, además, disminuye la posibilidad de desarrollar un síndrome metabólico. Se denomina así a la existencia de un grupo de factores de riesgo de padecer problemas de salud como diabetes, obesidad, hipertensión o aumento del colesterol.

2. Realizar actividad física también tiene efectos sobre nuestro sistema inmunitario. De nuevo los estudios científicos han demostrado que realizar ejercicio permite mejorar las características de nuestro sistema inmune, por lo tanto, estar más preparados para enfrentarnos a las infecciones. Pero es importante ajustar la cantidad de actividad física que se realiza ya que, paradójicamente, un ejercicio mal realizado en cuanto a intensidad podría tener efectos perjudiciales para nuestra protección inmunológica.

Entonces, ¿qué cantidad y tipo de actividad física es la correcta? La Organización Mundial de la Salud sugiere que las personas adultas (entre 18 y 64 años) deberían de realizar al menos 150 minutos de actividad física aeróbica moderada-intensa, o 75 minutos si la actividad es muy intensa, a la semana. Estas pautas generales no siempre son sencillas de entender. Por ejemplo, caminar durante 1 hora seguida puede suponer un tremendo esfuerzo para una persona no habituada al ejercicio regular, o con alguna patología articular que le dificulte la deambulación; sin embargo, para un corredor habitual, acostumbrado a hacer 2 o 3 salidas semanales de 10-12 km., este ejercicio será claramente insuficiente. Entender qué tipo de ejercicio es el más conveniente y, sobre todo, ajustarlo a las características de cada paciente es primordial para poder extraer los mayores beneficios posibles a la actividad física.

¿Cómo se puede saber cuál es mi pauta adecuada? La evaluación conjunta entre el médico y el educador físico permite realizar una correcta valoración de las necesidades de cada persona. Juntando ambos puntos de vista, se podrán detectar posibles patologías que condicionen la actividad física y prescribir la actividad física más adecuada a sus características, es decir, “recetar” el mejor ejercicio para cada uno.

¿Cómo afecta la actividad física a la enfermedad provocada por el COVID-19?

La situación sanitaria actual ha modificado por completo nuestra actividad social y deportiva. En este contexto, cabe preguntarse si los potenciales beneficios de la actividad física superan a los riesgos de realizar actividad física fuera del domicilio.

Es importante remarcar que la actividad física puede considerarse como un factor beneficioso en caso de contraer la COVID-19. Este hecho se debe fundamentalmente a dos circunstancias:

  1. Se ha demostrado que la obesidad y el sedentarismo empeoran el pronóstico una vez contraída la enfermedad. En este sentido, mantener una vida saludable, físicamente activa y con control del peso suponen un factor protector en el caso de enfermar.
  2. La posibilidad de muerte súbita debido a causas cardiovasculares es mayor en pacientes con COVID-19. El factor preventivo frente a la muerte súbita que proporciona la actividad física es especialmente importante en este grupo de pacientes.

Por lo tanto, garantizando las apropiadas medidas de seguridad, se debe de mantener el nivel de actividad, aún en situación de pandemia, por los beneficios tanto físicos como mentales. Es importante personalizar el entrenamiento, ajustándolo a las características de cada individuo, de manera que la intensidad sea la adecuada para obtener los beneficios de la actividad física y que no sea contraproducente. La figura del educador físico, que esté en comunicación con el médico, y la posibilidad de acudir a un centro que asegure las medidas de seguridad, permiten exprimir al máximo los efectos positivos del ejercicio.